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El leproso

  Tras sanar Jesús su lepra, el hombre se encuentra ante un mundo escéptico. Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un...

 

Tras sanar Jesús su lepra, el hombre se encuentra ante un mundo escéptico.

Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.

Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos.

Una vez presentado ante el sacerdote con su ofrenda, éste resultó ser una persona escéptica.

—Vuelve dentro de seis meses para que se confirme tu limpieza. No me creo nada de ese Jesús con el que ayer tuve un encontronazo dialéctico.

Al cabo de ese tiempo volvió.

—Necesito que me des el certificado de un médico romano que diga que habías sido leproso y que ahora estás completamente sano.

Una vez ante el médico.

—No puedo darte ese certificado porque mi ciencia médica dicta hoy en día que tu enfermedad es incurable. Y no solo eso, es muy arriesgado que no estés tomando las pastillas que tienes prescritas. Tu caso puede agravarse y es del todo necesario que vuelvas al tratamiento. No eres el primero que viene a mí después de supuestas sanaciones de ese curandero, no le creo.

La familia del leproso tampoco se hacía a la idea de que ya no les fuera a contagiar y determinaron que siguiera alejado de ellos.

—Razones tendrán los médicos y el sacerdote —se decían.

Los vecinos seguían evitándolo y distanciándose de él.

—¿Qué hace este leproso entre nosotros? —murmuraban.

Inmerso en las dudas que le inspiraron los expertos, el pobre exleproso volvió a medicarse contra la lepra. Pasados unos días volvió al médico ratificando que realmente estaba curado tal como podía comprobar.

—Pero estás mejor por las pastillas que te estás volviendo a tomar —apuntó el médico.

Aturdido se sentó en un banco de piedra en la plaza principal. Sin moverse de allí oyó una voz interna y reconocible, como la del Señor.

—Tranquilo, ya has dado testimonio a ellos tal como te pedí, ahora no permitas que te confundan.

De modo que la vida no le cambió mucho al exleproso pero él se sentía feliz, una alegría interior inmensa le embargaba, habiendo sido atendido y sanado por el salvador del mundo. ¿Qué hombre o mujer puede decir eso?

 

Tomad de: protestantedigital.com