Imagen de Veronika Jorjorbert en Unsplash. Vendrá un tiempo en el que toda la naturaleza, con todos los seres que la conforman, será res...
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Imagen de Veronika Jorjorbert en Unsplash. |
Vendrá un tiempo en el que toda la
naturaleza, con todos los seres que la conforman, será restaurada a como fue al
principio.
A pesar de lo que a primera vista
pudiera parecer, lo cierto es que la Biblia evidencia, tanto en el Antiguo como
en el Nuevo Testamento, una clara defensa y respeto por toda la creación y, de
manera especial, por los animales. Sin embargo, algunos se refieren a los
sacrificios cruentos impuestos por la antigua ley mosaica para presentar la
imagen de un Dios perverso, vengativo e injusto que se complacía en el
derramamiento de sangre animal inocente. En el fondo, lo que no se quiere
aceptar es la intolerancia divina del pecado humano y su rechazo radical.
Hay que reconocer que Yahvé mandó al
pueblo de Israel que realizara numerosos sacrificios expiatorios cuya finalidad
era redimirles de sus pecados. Ovejas, toros, machos cabríos, tórtolas o
palomas eran así inmoladas en el altar como ofrenda por los errores e
injusticias humanas cometidas. Tal era la manera antigua en que el pecado
obtenía su necesario perdón divino y contribuía a poner al ser humano en paz
con su Creador. Como los antiguos hebreos ya sabían que “la vida de la carne en
la sangre está”, Dios les había concedido estos sacrificios cúlticos para que
hicieran expiación sobre el altar por sus almas (Lv. 17:11). La visión de la
sangre escarlata de sus mejores animales domésticos ofrecidos en sacrificio
tenía también un efecto pedagógico y de contrición reparadora sobre las
personas.
¿Por qué se tenía que sacrificar a
animales inocentes para expiar las maldades de los hombres culpables?
Precisamente por eso mismo, porque era sangre inocente. Los animales morían por
sus dueños. Eran éstos quienes merecían morir, pero sacrificaban a sus bestias
en lugar de sus propias personas. De la misma manera, el Señor Jesucristo, que
jamás había pecado y era inocente, se ofreció voluntariamente por los pecados
de toda la humanidad. Tal como manifestó Juan el Bautista antes de bautizarle:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). El Hijo
del Altísimo jamás conoció pecado, pero se hizo pecado por cada uno de nosotros
y murió en nuestro lugar para que podamos ser hechos justos ante Dios. Por lo
tanto, actualmente es mediante la fe en ese sacrifico de Cristo que podemos
recibir el perdón definitivo.
Aquella época de la historia bíblica
en la que el hombre se relacionaba con Dios por medio de sacrificios animales
ya concluyó. La muerte de Jesucristo en la cruz fue el sacrificio supremo,
perfecto y definitivo para redimir a la humanidad. Al mismo tiempo supuso
también un alivio para todos los animales domésticos que morían inmolados y que
fueron como un anticipo del sacrificio concluyente de Cristo.
En relación con los animales, existe
otra cuestión que con frecuencia se suscita hoy. El apego alcanzado en la
actualidad con las mascotas, principalmente perros y gatos, ha fomentado el
cariño hacia ellos, generando también en los creyentes la pregunta acerca de su
posible trascendencia. ¿Estarán presentes nuestros queridos animales domésticos
en el más allá? ¿Podrán llegar a ser salvos, resucitar y vivir eternamente con
las personas? ¿Cómo es posible que ese amor que mi perro siente hacia mí y yo
por él no se prolongue en el cielo?.
Conviene tener en cuenta las palabras
del apóstol Pablo, afirmando que el evangelio “es poder de Dios para salvación
a todo aquel que cree” (Ro. 1:16). Esto significa que quien no cree no puede
salvarse. Lo cual, evidentemente descarta a todos los animales ya que éstos no
pueden creer. Para ser salvo es menester amar al Señor con todo el corazón, con
toda el alma y con toda la mente (Mt. 23:37), algo que nuestras mascotas y el
resto de los animales son incapaces de hacer. Por tanto, la salvación y la vida
eterna son el privilegio concedido exclusivamente a las personas que creen en
su corazón y confiesan con la boca su fe en Jesucristo.
Ahora bien, en la Escritura se habla
también de los “tiempos de la restauración de todas las cosas” (Hch. 3:21) y se
afirma que “la creación misma será liberada de la esclavitud de corrupción”
(Ro. 8:21). Esto significa que vendrá un tiempo en el que toda la naturaleza,
con todos los seres que la conforman, será restaurada a como fue al principio.
Cuando Cristo regrese, el mal natural será erradicado y tal como el profeta
Isaías profetizó: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito
se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un
niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y
el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del
áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora.
No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del
conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:6-9). Todo esto
implica que los animales, como parte significativa de la naturaleza, estarán
también presentes en esa creación restaurada.
Es probable que nuestras queridas
mascotas de hoy no hereden la eternidad, por las razones que se han esbozado,
pero la Biblia permite creer que los animales en general, de la misma manera
que el resto de la creación, serán liberados de toda forma de corrupción, así
como de toda malignidad y formarán parte de ese mundo maravilloso que nos
espera.
Fuente:
protestantedigital.com









